jueves, noviembre 16, 2006

"Play Strindberg" en La Abadía


Veteranía, intensidad, admiración y empatía. Una misma manera de entender el teatro, como placer y aprendizaje; un camino de largo recorrido que contempla etapa en La Abadía hasta el 17 de diciembre.

Con los dedos de una mano se cuentan las veces que sobre los escenarios coinciden grandes como Nuria Espert, José Luis Gómez y Lluís Homar, dirigidos por otro que también se las gasta, Georges Lavaudant, al frente desde 1996 del parisino Théâtre de l’Odéon.

Cuando has bregado mucho puedes permitirte ciertos lujos, otra cosa es que los compromisos profesionales de dos de los actores más venerados de la escena permitiese hacer realidad el deseo de Espert y Gómez por trabajar juntos. Nunca antes habían coincidido sobre las tablas, tampoco con Homar quien, bromea ella, nació sólo media hora después –el barcelonés es el más joven, 50 años, y confiesa su admiración por estos dos referentes-.

Siempre hay una primera vez y los elogios se suceden después de unos ensayos en los que debieron saltar chispas. Artísticas desde luego. Lo curioso es que el proceso de concepción ha durado en total 24 días. Espert considera a Gómez uno de los 3 mejores actores del panorama; de los otros no se acuerda. Gómez recuerda que la catalana se puso a las órdenes de Adolfo Marsillach en ¿Quién teme a Virginia Woolf? en una experiencia parecida. Lavaudant les ha llevado por un camino que iban trazando juntos casi sin saberlo, aceptando propuestas sin darles una negativa. Es lo que destaca Homar del director, con el que ya había trabajado hace 7 años en el Teatre Nacional de Catalunya en Los gigantes de la montaña, de Pirandello.

El trío de intérpretes ha estado tan concentrado en amasar la materia, saboreando las sabias directrices de Lavaudant, que ha visto como los directores que son -comparten esa faceta- estaban agazapados detrás de los actores. En esta ocasión el anfitrión era Gómez, al frente de La Abadía. Dispone su escenario central para que se levante un cuadrilátero donde dos personajes, un militar retirado y una actriz veterana, se despellejan con la palabra. Un extranjero en esa isla y amigo de la pareja asiste a los 12 asaltos, aunque también ostenta un protagonismo destructor.

Visto desde fuera todo parece sencillo. Indagando en la receta encontramos ingredientes sustanciosos por sí solos, así que imaginen la mezcla resultante. Friedrich Dürrenmatt rescribió desde un lado brechtiano, con concisión, la Danza macabra publicada en 1900 por el sueco August Strindberg. 68 años después aflora el toque moderno, el influjo de Beckett e Ionesco, en una puesta en escena en Basilea que acaba dando lugar a una obra completamente nueva. El texto, que rehuye de la parte formal e introspectiva y exterioriza la humana, desempolva el original, que destila el sabor del XIX, un aire de tragedia de terciopelo rojo.

Del drama burgués nace una comedia sobre el drama burgués con la precisión suiza que caracteriza a Dürrenmatt. Strindberg estaba muy presente, sobre todo en el título, que da idea del juego con el autor de La señorita Julia, al que se reverencia en todo momento. Espert incide en la idea de respeto al original, ‘una obra maestra sobre la danza de la muerte que ha dado muchos hijos aunque sin la calidad del padre’. El montaje no es una interpretación libre, no se entiende como una nueva versión, aunque en manos de Lavaudant esta comedia sobre la tragedia del matrimonio, o viceversa, se sustenta sobre la poesía del color, la escenografía realista y expresionista y el cuidado del lenguaje. La palabra, un arma arrojadiza que atesora la desesperación de Strindberg y el relato policíaco. A priori, una magnifica fantasía que saldrá de gira con los mismos actores, ya que sería impensable una función sin ellos.

Texto escrito por Daniel Galindo y publicado en LaNetro.com.

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